Películas para niños y niñas. Los que son y los que fueron

Por Rosario Puga*

¿Qué tienen en común la incandescente Alicia en el país de las Maravillas de Tim  Burton,  El Fantástico Señor Zorro de Wes Anderson  y Donde viven  los monstruos de  Spike  Jonze?

En principio, los tres corresponderían  a la categoría de cine infantil.  Tienen en común ser películas de directores con universos autorales claramente personales y estar  inspirados en clásicos de la literatura infantil. Pero lo que realmente las une es que las tres  son películas para niños. Y no es lo mismo cine infantil que cine de niños/as. La categoría cine de niños/as se compone básicamente de películas sobre los niños y las niñas que fuimos. La idea de esta reseña es convencerles de adoptar esta  distinción para  que se entusiasmen con El Fantástico Señor Zorro y Donde  viven los monstruos, dos joyitas que  dieron una pasada rápida  por la cartelera comercial y ahora esperan  en los clubes de video.

Ambas caben en la categoría de “cine para niños” porque fueron hechas pensando en los adultos en que nos convierte el paso del tiempo. El hecho de  que ambos sean filmes de animación es sólo una anécdota, que  se justifica  porque  todo buen cine  de niños también debe ser digerible por parte de la población infantil. Una de sus  claves es la doble mirada. Es requisito poder sentarse en la sala oscura con un ser del que te separe al menos un década y saber que se pondrán en tensión dos miradas, que mientras  para tí la desolación sea la cara más visible del paso del tiempo, escucharás de tu acompañante una explicación de orden pragmático para todo lo  que  falló. Puede que te sientas algo incómodo por estar calando tan profundo y que te encojas de hombros  para  darle la razón. Pero si te quedas y oyes la música en los créditos, sabrás que hay algo en la trama justificando tu estado de ánimo. Cuando todo eso pase podrás identificar cómo funciona una película de niños. Se trata de tramas aparentemente simples, sutilmente tocadas y transformadas para hacer explotar la mirada. Pueden estar inspiradas en una adultez más bien errática como la de Anderson o en la densidad existencial de Jonze, pero lo cierto es que el cine para niños es todo menos infantil.

El Fantástico Señor Zorro y Donde viven los monstruos son películas que se mueven en una doble vía: recrear en la ficción algunos signos para los que son niños y no pueden explicarse sus propios procesos y dar algunas claves sobre el registro de los niños y niñas que conforman a las adultos.

El Fantástico Señor Zorro  o la fabula del salvaje burgués

Anderson justificó su entrada al cine de niños contando que El Fantástico Señor Zorro fue el primer libro que tuvo: “En concreto, adoro al señor Fox, porque es a la vez un héroe y un truhán, y porque su ingenio y su sofisticación lo convierten en un personaje único en la literatura infantil” (www.elperiodico.com).

Tratándose del  creador de los Fabulosos Tannebaum, esta razón tan simple esconde la pulsión de meter en el terreno de lo infancia el tema de la sobrevivencia. El director utiliza el viejo tópico del enfrentamiento entre humanos y animales para trabajar el  profundo desamparo de lo salvaje, condenado a desaparecer. Si en la estética y la técnica de animación se lleva al límite lo artificial (incluyendo el aspecto antropomórfico de los animales), lo cierto es que el registro más bien surrealista deja en una manifiesta ambigüedad eso de la adaptación como clave de la sobrevivencia. La  adaptación  es mirada desde las relaciones familiares,  una constante en  el conjunto de la obra del cineasta, pero aquí por curioso que resulte adquiere un cierto tono épico (el cual es  muy  propio del cine de niños).

Mientras el snob zorro ladrón de gallinas se encuentra dudando de sí mismo y liderando una resistencia, que tiene algo de entrega resignada a lo inevitable, la complicidad  de los animales es señal de que les ha ganado la domesticación. Y ese es el nudo de  la tragedia  que se deja ver en medio de la frenética  comedia; la pérdida de una esencia por la que Mr. Fox siente una terrible nostalgia que será su redención y la perdición de quienes le rodean. Una vez más Anderson nos lleva a explorar en lo disfuncional para comprender la pugna entre instinto y sociabilidad. En ese registro, la secuencia final en el supermercado sintetiza lo relativo del triunfo de los animales. Hay que hacer notar el apego del protagonista por los nombres científicos de todos los demás animales y la fobia que siente por el lobo. Este, cuyo nombre en latín Fox no logra recordar, es el último de los indómitos, y para quienes han seguido la producción del cineasta  es una  referencia reiterada en la filmografía del realizador.
Mucha de la eficacia del film corre por cuenta de la destacable banda sonora, con ella Wes Anderson crea una mezcla sorprendente que tiene como base las creaciones de Alexandre Desplat y se nutre de canciones preexistentes, seleccionadas de tal forma que el resultado es delirante. Hay que verla y dejarse llevar por el anacronismo de su técnica de animación y por el universo a escala creado por el director y no confundir, porque aquí no hay parábolas: hay una historia y eso se agradece.
Donde viven los monstruos o los miles de modos de habitar la soledad

El crítico Mikel Insuasti afirma que Donde viven los monstruos, es la película más innovadora en la exploración del lenguaje de los cuentos para niños, hecha por un autor de cine adulto. Aunque el crítico no haya asumido la categoría que usamos para aproximarnos a estas películas, tiene razón al destacar que el trabajo de  Spike Jonze se erige sobre una historia casi puramente visual, que se mantiene sorprendentemente leal al libro infantil que le dio origen.

Eso no es extraño tratándose de un realizar muy talentoso. Lo sorprendente es la eficacia con que Jonze logra traducir el universo mental de Max, el niño y el monstruo, sin separar el mundo de fantasía y  el mundo real.

Como muchos críticos han destacado, esta es una película sobre la niñez, pero sin retórica ni fin moralizante alguno.

La secuencia inicial del protagonista acosando a su perro y mirando perplejo y dolido como pierde a su hermana por la calle amarga del crecimiento, es suficiente para des-construir cualquier registro complaciente sobre la esencia de la infancia. De hecho los monstruos son sencillos como el pensamiento de un niño. Por eso mismo son ambiguos, pueden comerte en cualquier momento, pero podrías abrazarlos al dormir.

La técnica de animación así como la ambientación logra con extrema “naturalidad” trasladarnos al lugar donde viven los monstruos y  se nota el esfuerzo del realizador  por trabajar en base al material de  sus recuerdos y sus  sensaciones.  “He mantenido la percepción que tuve a los nueve años cuando me leyeron la historia. Aquella confusión por el final mezclado con la extraña sensación de que nada puede ser controlado. En realidad, en Donde viven los monstruos no pasan muchas cosas, sí muchos sentimientos”. Esta declaración de Jonze es clave para entender como enfrentó la adaptación del libro y da cuenta de uno de los resultados más importantes de su propuesta. Me refiero al modo en que los personajes habitan en las emociones, ese campo incierto donde la intensidad lo es todo.

La película logra plasmar de una manera plenamente sensorial (sin ideas grandilocuentes de por medio) esa densidad que tienen las emociones como soporte de los actos de un niño de nueve años. Describe el desarrollo de un mundo dominado por los sentidos y nos remite a un estado de conciencia donde se hace difusa la frontera entre lo bueno y  lo malo. Donde el espacio seguro del hogar entra en crisis y experimentamos la soledad en medio de la confusión. En el relato este proceso está marcado por la presencia amenazante de un mundo interno, donde llega para quedarse el caos de los sentimientos, con sus contradicciones. ¿Quién no ha querido alguna vez pactar para abolir la complejidad de las emociones? Si usted lo ha sentido, llegará de la mano de Max al lugar donde viven lo monstruos.

* Rosario Puga es comunicadora con estudios de cine

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